Como en mi casa, después de los Simpsons, el programa más sagrado son las Noticias, de vez en cuando escucho alguna que se sale de lo normal (véase muertes de todo tipo o estudios hechos por la prestigiosa Universidad de X y que cada año son los mismos), como es el caso del asunto de los ‘’abrazos gratuitos’’. Para quien no esté familiarizado con esta práctica y resumiendo, un hombre colgó en alguna página en plan llutubí un video en el cual aparecía él en alguna calle de algún rincón del mundo portando un cartel en el que se ofertaban achuchones ‘’de vardere de grati’’ y, al contrario de lo que se podría pensar, mucha gente atendiendo al reclamo (entre la que se encontraba una viejecita, dando lugar a una imagen especialmente tierna, nada ñoña como cabría de esperar).
Pues bien, resulta que a ese buen señor le han salido miles de seguidores en todo el globo y a día de hoy, incluso hay ofertores de abrazos aquí en España. La gente más variopinta es capaz de parar su frenetismo diario, coger un cartel y plantarse en medio de la calle, con el descaro que solo puede tener alguien que hace algo tan simple y tan, en resumidas cuentas, bueno. La presentadora aclaraba antes de que a nadie se nos pasara por la cabeza que ni aquel grupo de imitadores ni el propio precursor pertenecía a ninguna causa política o religiosa, sino simplemente lo hacían porque sí, porque lo consideraban hasta necesario.
Antes de acabar la noticia mi madre ya estaba despotricando sobre el exceso de tiempo libre de las masas y el sinsentido de aquello, y casi le daba yo la razón cuando me puse a pensar. ¿Tan absurdo nos resulta esa situación? Puede que nos hayamos vuelto más fríos de lo que pensamos cuando no nos percatamos de la falta de humanidad que hay en el mundo, del desgaste del contacto humano, si es que todavía queda de eso. No es tan rematadamente extraño que alguien, sobre todo en ciudades tan grandes como en las que se llevaba a cabo esta práctica, se sienta necesitado de cariño en algún momento de su vida y necesite que alguien le toque, se acerque a él y le haga pensar que de alguna forma u otra las cosas van a ir bien. Porque para eso se inventaron los abrazos, para que cuando la gente se venga abajo haya alguien que le ayude a no caerse. Para eso vivimos en sociedad.
Me sentí triste cuando me tragué mis palabras, reflexioné, pensé en el que había sido mi primer impulso (y probablemente el de mucho de vosotros) y en qué nos ha pasado para que esto ocurra.
Y qué miedo…por poco le doy la razón a mi madre!!!!!!!






