Desde que era pequeña siempre me ha gustado imaginarme cómo sería mi vida en un futuro. No tenía grandes aspiraciones, simplemente quería ser buena persona. Alguien a quien las personas necesitaran, en la que pudieran confiar. Que hiciera reir a una persona en un momento imposible y que, por ello, esa persona me considerara importante. Pero miento, sí que aspiraba a algo grande.
Yo quería un novio. Uno de esos chavales de series americanas a los que persiguen las chicas más guapas del mundo y que pasa de ellas, porque son imbéciles, y te eligen a ti, porque cree que eres mejor que todas. Y ni que decir tiene que yo en mi vida he llamado la atención entre el sexo masculino, pero dice la canción que soñar es gratis.
Fui creciendo algo más y supe que toda esa basura sacada del mercado de series y películas yankis no pasa, ni pasará nunca, porque los guiones los escribían gente que tenía demasiado en la cabeza como yo, y porque esas situaciones en el mundo real son simple y llanamente absurdas; pero eso lo entendí un poquito más tarde.
Empecé la ESO y, por extensión, el período de hormonas revueltas. Aún hoy el 90% de la población masculina me parece atractiva, es algo que viene de fábrica, y pues qué queréis que os diga: a mi me gustaban todos, por A o por B. Me daba igual que pasaran de mí o que fueran imbéciles profundos; para lo que yo los quería, que por aquel entonces era observarlos, me daba igual.
Hasta que un día, después de haber pensado cómo sería, habérmelo imaginado de mil maneras distintas, con múltiples caras, en múltiples situaciones, conocí a aquel que era totalmente distinto a los demás. El que era único. El que yo quería, vaya.
Y ya os digo, después de haber imaginado ese momento desde todos los ángulos posibles, cuando ocurrió casi ni me di cuenta. Salí de mi casa aquel día con 5 euros que se me perdieron por el camino y me retrasaron para llegar al Corte Inglés, por lo que hoy le agradezco al karma, al destino o a lo que sea que tuviera ese detalle.
Llegué a donde estaban mis amigas, nos metimos en el centro comercial, y al llegar a las escaleras mecánicas centrales lo supe. Me da lo mismo que no me creáis, pero yo lo supe.
Supe quién era el chaval que venía al lado de mi mejor amigo, supe que era al que había conocido en Internet el día anterior y con el que había charlado un ratito sobre su novia y mis tonterías, supe que era especial (algo alrededor suyo gritaba a los cuatro vientos que era especial), supe que no se acordaría de mí pero que me trataría como si lo hiciera, supe que pasaría una tarde memorable, que quería saber quién era, qué le gustaba, qué le había pasado en la vida.
Y a lo largo de la tarde, ajeno él a todo lo que estaba pasando, tratándome con la dulzura que me trata desde el primer momento que nos vimos, me confirmó lo que ya pensaba.
Y hoy, 25 de septiembre, hace 4 años de aquello.
Y aún hoy, 25 de septiembre, me sigue demostrando que es él. La persona de mi vida.
Tuesday, September 25, 2007
Wednesday, September 19, 2007
Como dos gotas de agua... turbia
Monday, September 10, 2007
Dos bodas y un botellazo (relato de una imagen chana)
Como está muy feo hablar de asuntos de familia en el internele, voy a hablar de los asuntos de OTRA familia. Y no es que no tenga anécdotas de la mía para llenar este y unos cuantos blogs más, pero temería que cierto pueblo de Jaén, del cual mi padre es natural (en esta nuestra bitácora lo llamaremos Innsmouth, por infinitas razones), podría levantarse contra esta servidora, con sus palillos de dientes de varios usos y sus hogazas de pan del tamaño de cuatro cabezas.
Pues bien, este fin de semana, mi persona y yo nos hemos trasladado a la capital jienense para una boda familiar, a modo de embajadora de la fraternidad (o lo que es lo mismo: cómo un examen y unas prácticas pueden liberar a tus hermanos de las obligaciones del clan y a la vez convertirte a ti en la pringada más grande del mundo). Contra todo pronóstico, la boda transcurrió sin ningún incidente digno de mención, hasta después del convite. Lo que aconteció durante el baile se merece no uno, sino varios posts, pero haré un breve resumen.
Después de comer como cerdos, había que bajar un poco la comida, así que al lado de la barra (libre, no se concibe de otra manera por aquellos lares), después de que los novios abrieran el baile, se improvisó una pista. Y allí andaba yo, mirando la escena, viendo cómo el famoso DJ Kmarero, típico de todos los bodorrios, iniciaba la lista de Gratest Hits de discotecas con un interminable popurrí de pasodobles y la muchedumbre se volvía histérica de felicidad, ajenos a lo que se avecinaba.
Yo lo reconozco, igual bailar no bailo, pero las canciones horteras aunque no me gusten me las sé todas, y bien que me gusta cantarlas a todo pulmón cuando las ponen. De repente, empezó a sonar un ritmillo que me era familiar (y a los del campamento también, SEGURO) y una voz femenina cantaba ‘’Por si acaso se acaba el mundo todo el tiempo he de aprovechar…’’. Toma ya, me dije. La reina, la musa de los veranos. La Carrá. Y ya estaba yo entonando aquel himno estival cuando una voz dijo cerca: ‘’¡Ay, Dios mío, que se matan!’’
Como si de una reunión de antiguos componentes del grupo Parchís se tratara, varios hombres de la boda de al lado, vestidos con vistosas (entiéndase vistoso por rematadamente hortera) camisas de colores, intentaban partirse la cara unos a otros. He aquí la escena: un hombre de camisa azul intenta pegarle un puñetazo a un hombre con una camisa verde mientras señores de esmoquin y el triste y único guardia de seguridad del recinto intentan separarlos, una botella o un vaso de cristal que vuela por los aires en dirección a la cabeza del hombre de camisa naranja, todos los invitados de otra boda mirando.
Se detiene el tiempo.
Segundos se convierten en minutos.
Corazones que laten acelerados.
Un joven grita esperando la inminente explosión se cristales en su crisma.
Abuelas que se cogen del brazo.
Y el silencio de la noche, que repentinamente, se ve roto por una voz en off que grita, feliz:
“¡PARA HACER BIEN EL AMOR HAY QUE VENIR AL SUR!”
Chanante, lo llaman.
Pues bien, este fin de semana, mi persona y yo nos hemos trasladado a la capital jienense para una boda familiar, a modo de embajadora de la fraternidad (o lo que es lo mismo: cómo un examen y unas prácticas pueden liberar a tus hermanos de las obligaciones del clan y a la vez convertirte a ti en la pringada más grande del mundo). Contra todo pronóstico, la boda transcurrió sin ningún incidente digno de mención, hasta después del convite. Lo que aconteció durante el baile se merece no uno, sino varios posts, pero haré un breve resumen.
Después de comer como cerdos, había que bajar un poco la comida, así que al lado de la barra (libre, no se concibe de otra manera por aquellos lares), después de que los novios abrieran el baile, se improvisó una pista. Y allí andaba yo, mirando la escena, viendo cómo el famoso DJ Kmarero, típico de todos los bodorrios, iniciaba la lista de Gratest Hits de discotecas con un interminable popurrí de pasodobles y la muchedumbre se volvía histérica de felicidad, ajenos a lo que se avecinaba.
Yo lo reconozco, igual bailar no bailo, pero las canciones horteras aunque no me gusten me las sé todas, y bien que me gusta cantarlas a todo pulmón cuando las ponen. De repente, empezó a sonar un ritmillo que me era familiar (y a los del campamento también, SEGURO) y una voz femenina cantaba ‘’Por si acaso se acaba el mundo todo el tiempo he de aprovechar…’’. Toma ya, me dije. La reina, la musa de los veranos. La Carrá. Y ya estaba yo entonando aquel himno estival cuando una voz dijo cerca: ‘’¡Ay, Dios mío, que se matan!’’
Como si de una reunión de antiguos componentes del grupo Parchís se tratara, varios hombres de la boda de al lado, vestidos con vistosas (entiéndase vistoso por rematadamente hortera) camisas de colores, intentaban partirse la cara unos a otros. He aquí la escena: un hombre de camisa azul intenta pegarle un puñetazo a un hombre con una camisa verde mientras señores de esmoquin y el triste y único guardia de seguridad del recinto intentan separarlos, una botella o un vaso de cristal que vuela por los aires en dirección a la cabeza del hombre de camisa naranja, todos los invitados de otra boda mirando.
Se detiene el tiempo.
Segundos se convierten en minutos.
Corazones que laten acelerados.
Un joven grita esperando la inminente explosión se cristales en su crisma.
Abuelas que se cogen del brazo.
Y el silencio de la noche, que repentinamente, se ve roto por una voz en off que grita, feliz:
“¡PARA HACER BIEN EL AMOR HAY QUE VENIR AL SUR!”
Chanante, lo llaman.
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